jueves, 29 de abril de 2010

Nosotros los cobardes: bastaría con que pusiéramos un pie delante del otro para decir la verdad. Para ver nuestras piernas. “Los flamencos no tienen palabra, son como niños, no tienen cabeza, ni piernas”. Nos dijeron que éramos adolescentes, que necesitábamos sus muletas para andar. “Si hablas, te cortan la cabeza” y preferimos cortarnos las piernas. A nosotros, los cobardes, los que no tenemos valor para señalar con el dedo, para mirarles a la cara. Podemos caminar: bastaría con poner un pie delante del otro. ¿Porqué nadie dice la verdad? Porque tememos perder una vaga promesa de muletas. Si descubriéramos de pronto que tenemos piernas, todo se derrumbaría. Para eso hay que abrir los ojos. Los que esperan el maná. También los que cantan y bailan pensando en la cesta de la compra. Los que no se dejan sostener por sus piernas, por sus gargantas, funcionarios del gesto vacío, burócratas de la juerga. Los que sonríen pusilánimes ante los usurpadores. También los que llegaron a la tierra prometida sin vocación, sin deseo. Hastiados de lo suyo, de ellos mismos, cansados de darse contra la pared. Los que conducen sin ganas, los que se dejan conducir por un pollo sin cabeza. Nosotros los cobardes. Los que entregaron su poder y los que lo ejercen sin deseo. Los que pasaban por aquí a ver si caía algo y se quedaron un año, dos, tres. Los que no muerden cuando les quitan lo suyo: el cante, el baile, el toque. Los serviles, los pusilánimes. Los que no dicen verdad, nosotros los cobardes. También los que se fueron a vivir a las afueras, a las chabolas. Emigraron por no luchar, por miedo a la trinchera. Por no ver caer a sus hermanos o sufrir ellos mismos un rasguño. Los que viven en los límites y no se atreven a pelear el trozo de tarta que les pertenece. Nosotros los cobardes. Que se nos va la fuerza por la boca por no cantar la verdad. Que preferimos una úlcera de estómago que maldecir al villano. Esta tierra no les pertenece, no nos pertenece. No será nuestra hasta que echemos a andar, un pie, y otro, y otro, y otro ...
Texto: Juan Verguillos
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